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Abel Torraño sj, coordinador del año ignaciano: «Todo comenzó con una herida»

(Revista Ecclesia | 31 de julio 2021)

¿Qué tiene de actual lo que le aconteció a Íñigo de Loyola hace ya 500 años? ¿Acaso no son marcadamente diferentes el mundo y las circunstancias que vivió aquel noble vasco, como para que nos pueda decir algo significativo a las mujeres y hombres de hoy? La sociedad, el lugar de la religión en la cultura, la experiencia personal de fe e incluso la idea de santidad (¡hasta suena raro hablar de santidad!) difieren mucho de lo que Ignacio vivió. Aun así, su vida es contemporánea a la nuestra por el modo de ofrecernos algunas claves de lo que significa ser persona. Y esto vale ayer y hoy. Y ahí Dios puede y tiene algo que decir.

Todo comenzó con una herida. Y las heridas, como las que vivimos en medio de esta pandemia globalizada, nos pueden abocar a la soledad, al encerramiento y a la tristeza. Algo de eso siempre hay y con esos «demonios» todos debemos lidiar. Pero, a la vez, las heridas nos pueden invitar a leer en profundidad nuestra propia historia: a leernos a nosotros mismos. El primer paso que dio aquel tullido fue obligatoriamente hacia dentro y en silencio.

Ignacio aprovechó el tiempo para pensar qué había hecho y qué quería hacer con su vida. Eso le hizo sopesar lo que de verdad le llenaba y lo que le dejaba entretenido, pero vacío. En medio de esos pensamientos emergió con fuerza la convicción de que la vida de Jesús era el mejor cimiento sobre el que podía construir una vida plena, satisfecha y con sentido. En esos pensamientos fue sintiendo que el mismo Dios se le hacía cercano y le daba paz y ganas de vivir. En medio de la soledad y el silencio, Ignacio sintió que había perdido muchas cosas; pero que Dios no le había abandonado.

Y cuando pudo, se puso en camino: exterior, sí; porque es necesario tomar distancia de ciertas cosas que nos atan; aunque la peregrinación fuerte fue la interior. Allí es donde habitan nuestros anhelos y búsquedas más auténticos, nuestras ansias de felicidad y nuestro deseo de amar y de ser amados. Pero también ahí residen nuestras tentaciones habituales de las que parece que no podemos huir, nuestros apegos que nos restan libertad, nuestros egoísmos y pasiones desordenadas y, por qué no decirlo, nuestro pecado. Ignacio salió de Loyola con el firme propósito de acabar con todo lo malo que reconocía en él para así poder conquistar lo bueno, que era una vida conforme a Jesús. Lo intentó con todas sus fuerzas, ¡que no es poco! Y fracasó. Este fracaso le descubrió una vulnerabilidad insospechada y, de alguna manera, le abrió en canal. Ese canal abierto de su vulnerabilidad, de su «no poder», fue la puerta por la que entró la novedad de Dios.

Un Señor de la misericordia y la ternura que le ofrecía el regalo de su sincera amistad. Ignacio, acostumbrado a ser un fiel servidor de grandes señores, recibió el regalo de la amistad de corazón con quien es el único Señor. Dejó de vivir como un siervo, para vivir como amigo del alma.

Este sentirse profundamente amado por Dios reorientó todas sus fuerzas (¡y sus límites!). Todo en Ignacio se orientaría a vivir desde esta experiencia fundante. Todo se proyectaría a desplegar lo que esta experiencia significaba. Todo se dirimiría en elegir (discernir) lo que más le acercaba a Jesús en medio de las más diversas circunstancias. Es lo que llamamos vocación. Todo comenzó con una herida que le dio que pensar. Todo maduró en un camino que solo se puede recorrer desde la amistad con Dios. Todo se hizo concreto en un continuo ejercicio de discernimiento en el que encontraría su mejor manera de amar y servir.

Abel Torraño SJ

 

 

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