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"Los amigos: regalo de Dios" | Semblanza del P. Antonio Ordóñez Márquez, S.J. [Baena (Córdoba) 28/02/1974 – Barcelona 06/02/2021]

Me han diagnosticado cáncer de páncreas y me voy a morir antes de Navidad. Pero estoy muy contento de que volvamos a ser compañeros de comunidad”. Antonio me mandó un mensaje de este tono pocos días después de que le comunicaran la enfermedad. Yo le había escrito desde Loyola para decirle que el provincial me enviaba a vivir a Llúria (Barcelona). Enseguida le llamé y entre otras cosas le dije: “¡Antonio, ¿cómo me comunicas esto así?”. Su respuesta: “¡Contigo no hace falta echarle azúcar!”. Entonces me comentó que se trataba de un cáncer terminal y que estaba preparado para afrontar la muerte y disponerse para el encuentro con Jesús. El 20 de julio de 2020 escribía en su blog: “Siento ser yo el que da la noticia, pero prefiero hacerlo. Es más humano, une nuestros hilos interiores con el otro y nos permite ser y sentirnos vulnerables”.

Esta anécdota refleja bien la intensidad, la espontaneidad y la entereza con las que Antonio vivió su muerte. Lo hizo con las mismas con las que vivió la vida. Sus últimos días, antes de contraer el coronavirus, fueron difíciles. Se encontraba cada vez más débil y a pesar de las esperanzas, intuíamos que habíamos de prepararnos –si es que se puede- para despedirle. Con todo, Antonio afrontó el final como si ya estuviese maduro para ello y acogiéndolo con un tierno espíritu de confianza, de fe. En nuestra última conversación a fondo, pocos días antes de fallecer, insistía en que para él este era un tiempo para prepararse bien al encuentro con el Señor. También comentaba cómo le dolía el sufrimiento que en otros podía causar su muerte, especialmente en sus padres. Buena es esta afirmación suya para ilustrar su intensidad existencial: “Y alguno se preguntará… ¿y qué clase de ultramaratón ha corrido el Antoñito? Pues el de la vida más intensa” (Entrada de su blog, 5 de febrero de 2013).

En realidad, hacía ya mucho que la carrera definitiva había aparecido en su horizonte. Quizá por ello, vivía todo con tanta pasión. Aproximadamente un año antes del diagnóstico, Antonio vino a Loyola para un curso. Como siempre que venía, me buscaba para que pudiésemos dedicar un rato a charlar y a compartir. Aquella tarde dimos un paseo de unas dos horas por la huerta del santuario. Fue un intercambio profundo, de verdadera conversación espiritual en el mejor de los sentidos ignacianos: comunicación donde emerge la experiencia de Dios. En un momento nos detuvimos juntos en el cementerio donde reposan los restos de nuestros compañeros de tantas generaciones. Comentamos cómo nos gustaba y la devoción que despertaba en nosotros ese lugar. Rezamos. Y de pronto me soltó: “Si me muero pronto, por favor, enterradme aquí”. Le respondí que quizá fuese él el que tuviese que sepultarme allí porque no podíamos saber a quién le llegaría antes el momento. Bromeamos, nos reímos y seguimos caminando. Aquel deseo lo llevaba muy dentro. Aparecida la enfermedad se lo comentó a Enric Puiggròs, nuestro superior en Barcelona, y a sus propios padres. Loyola era para él hogar y descanso. Y como para San Ignacio, lugar donde rendir definitivamente la vida.

Conocí a Antonio desde nuestros primeros pasos en la Compañía. Le recibí en el noviciado, compartimos comunidad en varias ocasiones y he sido testigo privilegiado de sus meses finales. Por las palabras de aquella tarde, y por otras intercambiadas en los últimos tiempos, me di cuenta aún más de que tenía ante mí a una persona de una pasta humana considerable, amasada por el Señor y por la vida en muchos acontecimientos que leía con verdadera sabiduría, aceptación y libertad. La perspectiva de la muerte era para él una experiencia de Vida y de comunión.

Así lo expresaba en un poema que escribió durante la tercera semana del mes de Ejercicios de su Tercera Probación:

 

Me arrancas de la tierra, me sacas de ella con violencia

de mi tierra,

de mi oscuridad y de mis tinieblas.

Y de mi mismo.

 

Y me pegas a tu cuerpo

ensangrentado en la cruz

palma con palma, brazo con brazo,

costado con costado,

pies con pies.

 

Y me empapo de tu sangre,

de tu hiel y de tu muerte.

 

Y ya estoy muerto.

 

Pero esta muerte no es mía,

esta muerte ya no es mía.

Porque fuiste el precursor

de mi muerte y de mis muertes

de mis llagas y mis clavos

de mis cañas y coronas

que me dañan.

Ya no dañan.

 

Señor de mis dolores

que ya no son mis dolores.

Te anticipas, vas delante

hasta en mi muerte

y no me dejas.

 

Señor de mis sepulcros,

quédate conmigo en ellos

en los oscuros sepulcros

de silencios contenidos

donde no nacen niños,

donde ya yacen mis votos,

donde pacen mis envidias,

sueños rotos.

 

Señor de vivos, y no de muertos,

quédate conmigo en ellos”.

 

La muerte, la vida misma, Antonio la acogió con gran pasión e intensidad. Por eso, a los pocos días del primer diagnóstico, pudiendo haber reaccionado de otros muchos modos, se pronunció así: “Vaya aventura que me ha tocado vivir” (Twitter. 10 de julio). Se trataba pues de eso, de una intensa aventura.

 

LOS ÚLTIMOS MESES

Quienes hemos sido testigos de lo vivido por Antonio desde el diagnóstico del cáncer hemos percibido algunos trazos en los que afloraba lo que él era en verdad. Hemos comentado en muchas ocasiones, cuando los compañeros nos sosteníamos unos a otros en este proceso de enfermedad, que Antonio no paraba de dar las gracias. Gracias por las cosas grandes, por la vida, por la familia, por la vocación, por la amistad… y gracias también por las pequeñas cosas de cada día. Vista la frecuencia con la que expresaba gratitud en los últimos meses – a veces le teníamos que decir que ya estaba bien…-, no sería de extrañar que sus últimas horas en la soledad del hospital, fuesen un canto de acción de gracias. Tantas conversaciones con él me han hecho pensar que había hecho propio lo más genuino de la Contemplación para alcanzar amor de los Ejercicios: agradecimiento y voluntad entregada. Y él mismo lo expresaba tiempo atrás: "Se puede vivir desde la murmuración o desde el agradecimiento, pero sólo desde una se sigue a Jesús". Aunque tuvo sus “luchas” con Dios en este tiempo, pocas veces le oímos quejas –a las que tenía todo derecho-. Y eso lo transmitió incluso a los jóvenes con los que trabajaba. Lo recordaba Blanca al comienzo de su funeral en Barcelona: “Si algo nos has enseñado en estos últimos meses es que si andamos de la mano de Dios, no hay que temer, sino vivir agradecidos”.

En este sentido, alguien con menos de cincuenta años bien podría haber afrontado la enfermedad queriendo llevar el timón. Pero se entregó. Sobrecogía ver cómo se mostraba confiado y dócil ante las peticiones y sugerencias de los compañeros, del superior de la comunidad, etc. Y eso, incluso cuando le costaba. Recuerdo tantas ocasiones en que le decíamos “vamos a pasear”, “sube para cenar con todos” o otros asuntos de mayor calado. Antonio se dejaba acompañar y se fiaba de otras perspectivas que no eran la propia. Para mí, como señalaré más adelante, ese rasgo era muestra de la gran libertad respecto de sí mismo que había alcanzado. Este era un aspecto que, entre otros, pone de manifiesto Gabino Uríbarri, quien le conocía bien desde los años de Bañeza, los del Pozo y, posteriormente los de acompañamiento espiritual: “Combinaba una mezcla curiosa de gran fogosidad y nerviosismo, con docilidad a las indicaciones de los superiores. Al menos conmigo”.

Uno de los aspectos que notamos en Antonio en estos meses era cuánto le pesaba la disminución de sus fuerzas físicas, pues le impedían un apostolado más activo. Alguien tan inquieto y expansivo como él, tuvo que ir haciéndose a la idea de una pasividad fecunda. Con todo no dejó muchos de los acompañamientos de jóvenes hasta el final. Le daban vida y le hacían feliz. Por eso, hubo de ir resituando su misión, su ministerio y su lugar. Una de las últimas veces en que hablamos llegó a formular que habría que empezar a ver cómo vivir la dimensión apostólica de su enfermedad, porque desde ahí también podía servir al Señor y a los hermanos. Lo decía con lágrimas en los ojos, pero dejando transparentar el fuego del Evangelio que llevaba dentro. Así lo había compartido también a Enric Puiggrós, como señaló en la homilía de su funeral: “hasta el final fue un apasionado misionero y un apasionado pasional”. Ahora le tocaba vivir lo que de otro modo había ya expresado al pedir entrar en la Compañía: “entregarse a los demás por un amor que viene de Jesús”.

 

JESUITA: APÓSTOL DE LA AMISTAD

En el antecomedor de Loyola hay una famosa colección de cuadros que representan a jesuitas misioneros enviados a todas partes del mundo. La particularidad de esas representaciones es que cada jesuita va ataviado con el traje propio del lugar de misión. No se trata de una expresión folklórica, sino que es una manifestación del deseo de entrar hasta el fondo en la vida de las gentes y de los pueblos para hacer resonar mejor la Buena Noticia de Jesús –algo muy propio del carisma de la Compañía-.

Pues bien, Antonio fue un poco como todos aquellos cuadros juntos. Tenía múltiples intereses que le llevaron a endosar con pasión los trajes más diversos y con ellos expresaba su particular forma de apostolado. Antonio era scout, maestro, cofrade, hombre de su pueblo y su familia, runner, esquiador, teólogo, bioético, educador de jóvenes en riesgo de exclusión social, acompañante espiritual, presbítero, pastoralista, monitor, jugador de rol, hasta barcelonés de toda la vida sin dejar de ser de Baena… Antonio se revistió también de poeta – ganó el primer premio de un certamen universitario en los años de filosofía-, de flautista… y ¡de aficionado a la relojería! Y todo era capaz de vivirlo inagotablemente con una pasión desbordante, multifacética expresión de su modo totalmente personal de experimentar la vocación. “Era un entusiasta de la vocación a la Compañía y no lo ocultaba” –señala Gabino, y eso lo expresaba con todo su ser, también en su talante orante y su preferencia por los pobres y los jóvenes.

De los años de Roma, Sergio García Soto recuerda: “fueron en lo personal como fue toda su vida. Una intensidad enorme en lo académico con el ansia de formarse bien para servir a la Compañía y, por otro lado, prepararse y comenzar a ser sacerdote, siempre saliendo a las periferias. De su entrega pastoral recuerdo un reflejo de lo que vivió en otros lugares, siempre sensible a los más pequeños, apartados, a los que más necesitaban escucha, abrazo…. fue impresionante su entrega en un barrio de la periferia de Roma, con gente obrera, droga… Siempre con la inquietud de “bajar a los infiernos humanos y sociales” para tirar con su mano de los que allí estaban y siempre sintiéndose llamado a estar en medio del mundo: lo mismo iba a la inauguración de una discoteca en Roma, con algunos de los jóvenes del barrio de la periferia de Roma, a un partido de la Lazio, equipo del que se hizo seguidor como si fuera de toda la vida, o se iba a hacer una salida con los bomberos de Roma invitado por no sé quién que había conocido. Por último, vivimos cambio de General en Roma, lo que alimentó mucho nuestra vivencia del cuerpo de la Compañía y disfrutamos mucho de la verdadera vivencia de Compañía Universal, en el Bellarmino también estaba siempre atento a los compañeros que tenían dificultades”.

Curiosa asociación de su modo de vivir la que él mismo hacía del deporte – últimamente había corrido varios maratones- y la vocación: “Últimos metros antes de la meta… Esa sensación tan bonita de entrar en meta y que lo primero que se pase por tu cabeza es #soyjesuita y #soyfeliz” (Tuit 18 de octubre de 2015).

Podríamos enumerar las múltiples actividades que llevó a cabo Antonio por los lugares por los que pasó en su vida de jesuita (Sevilla, Madrid, Salamanca, Úbeda, Roma, El Puerto de Santa María, su amada y añorada Tierra Santa o Barcelona). Pero quisiera detenerme en un aspecto que quizá sintetiza el carisma propio de Antonio que le llevó a endosar “tantos trajes” en tantas tierras de misión. Y es que era sobre todo un apóstol de la amistad. Allí por donde pasaba, establecía lazos de amistad que han permanecido hasta el final. Muestra de ello son, por ejemplo, las múltiples eucaristías en su memoria que se han celebrado en diversas ciudades, incluso en Italia. Porque Antonio se entendía así mismo como amigo, comunicaba el Evangelio siendo amigo, buen amigo. No se escondía detrás de roles o papeles más o menos aprendidos. Era con la amistad –vivida con verdad y no como estrategia-, como anunciaba con su vida al Señor: “Conversaciones serenas y amistad. Eso es misericordia” (tuit 13 dic 2015) decía. Hemos encontrado fotos y libros en su cuarto casi todos dedicados por personas que le querían y le daban las gracias, junto multitud de objetos y cachivaches que le habían ido regalando como pequeños signos de amistad.

En el Pozo del Tío Raimundo se hacía un “chaval” más, se hacía amigo de los muchachos y de la gente del barrio. Higinio Pi, que compartió con él aquellos años, señalaba cómo todos los monitores acababan exhaustos en el trabajo con los chavales; ¡Antonio era el único capaz de cansarles a ellos! Aún le recuerdo haciendo suyos tantos problemas y tantas situaciones de los chicos que vivían en el Colegio Menor Javichi –en Salamanca- cuando fue subdirector. Le gustaba ser sacerdote-amigo. Disfrutaba. Y vivía la eucaristía con una curiosa mezcla de 6 devoción y espontaneidad. Le encantaba vivir la experiencia de la comunidad que celebra la amistad con Jesús. Y gozaba, por ejemplo, casando a los amigos y disfrutando con ellos del gran día.

Esta amistad también alumbraba su modo de estar en la Iglesia. Así lo señalaba el día después de su muerte un amigo suyo y compañero de clase de aquellos primeros años de Madrid: “Escribo este domingo con el impacto de la muerte de mi hermano y amigo jesuita Antonio Ordoñez. Ayer, entre las lágrimas de tristeza y la fuerza de la fe y la esperanza, reconocía cómo nuestra relación fue una de mis primeras y más grandes vivencias de la Iglesia. Diferentes como éramos nos reconocimos como hermanos y nos hicimos amigos. Siempre me acompañó, aunque quizá no pueda yo decir lo mismo. De los dos, él era el mayor. Con él y con muchos otros, que no nombro por no olvidar, la Iglesia cumple su misión de fraternidad. Con él y con muchos otros, la Iglesia sabe estar fraternamente unida en todos los lugares y ámbitos posibles: unos más en la frontera, otros más en el corazón de la Iglesia. […] Hoy solo quiero recordar a este hermano de muchos a quien, con tristeza y esperanza, agradecemos su amor alegre y libre, y con quien hemos recorrido parte del camino que nos conduce al Padre y a la plena comunión de toda la familia humana” (José F. Juan Santos, Vida Nueva Digital). De otros muchos amigos y amigas han llegado testimonios así.

Creo que muchos de nosotros podemos decir que en él hemos tenido sobre todo un amigo. Y por eso se nos hace difícil su marcha. En su manera de ser amigo, Antonio encarna lo que significa la muerte de aquellos que nos han querido a nosotros, la de quienes sabemos que nos han amado. Y cuando caemos en la cuenta de ello, brota la gratitud y también la incapacidad de callarlo o guardarlo solo para nosotros: porque sabernos queridos despierta en nosotros nuestra mejor capacidad de amar. Y Antonio ha sido capaz de hacer brillar a través de la amistad lo mejor de cada uno. De Antonio se puede decir aquello que Hugo Rahner señaló de San Ignacio: “En verdad el corazón desbordante de Ignacio encontró eco en el de sus amigos; si no se hiciese mención a estas amistades desfiguraríamos el retrato de nuestro santo”. O aquello que Josep Rambla, último acompañante espiritual de Antonio, señaló en una ocasión a propósito de San Pedro Fabro: “la amistad era la base de su apostolado: su amistad era apostólica y su apostolado, amistad”. No es casual que Antonio llamase a Cristo en uno de sus poemas: El Señor de mis amigos.

 

LA PASCUA DE ANTONIO

Esta semblanza quedaría injustamente incompleta si no hiciese alguna referencia a la “pascua” de Antonio, a su particular experiencia de pasar de la muerte a la Vida y gustar ya algo de la Resurrección. Porque Antonio también probó su propia dosis de sufrimiento.

Nuestros primeros años de Compañía no fueron fáciles. Fueron tiempos de agitación, de muchas salidas de nuestros pares de generación. El ambiente enrarecido de la vida comunitaria a veces se ponía cuesta arriba. Su carácter fogoso, inquieto, algo disperso y pasional, le acarrearon incomprensiones y mofa por parte de algunos compañeros de entonces. A Antonio le dañó particularmente la burla, hasta el punto de que eso le marcó para siempre. Lo hablamos muchas veces en estos últimos años. Sobrecogía oírle narrar lo vivido con lucidez y paz. De aquella herida fue capaz de hacer un camino de reconciliación y vocación del que se sentía contento y agradecido. De hecho, me decía cómo todo aquello le había configurado como persona y como jesuita, y cómo tales experiencias concretas le habían hecho ser lo que era: “Esto forma parte de mi vida y doy gracias a Dios por enseñarme a perdonar”. En sus palabras y gestos no se vislumbraba rastro de rencor.

El mismo Antonio padecía las aristas de su carácter. Así se lo señalaron también de forma “oficial”, pues se le invitaba a esforzarse en superar su impulsividad, crecer en prudencia y a tener algo más de sosiego. Y es que Antonio “iba de frente, sin subterfugios, sin tratar de engañar. Con transparencia” (Gabino). Y eso para lo bueno y para lo malo. Le dolían mucho las injusticias, la superficialidad en el trato –que él mismo sabía diferenciar bien del sano humor-, y la hipocresía. Y era incapaz de ocultarlo o de hacer como si nada. Hay quienes tenían dificultades con él precisamente por ese aspecto de su carácter.

Pero todo esto le llevó a una experiencia de crecimiento personal, de valiente descubrimiento y aceptación de sí mismo, y de libertad respecto de su propia persona. En los últimos años se hacía muy evidente cómo Antonio no sentía ya necesidad de representar ningún papel u ocupar un lugar dentro o fuera de la orden. Se sabía querido por Dios y por tantos. Eso bastaba. Enric señalaba algo que veíamos en él los que le conocíamos: no quería ser protagonista, aunque se le hiciese difícil por su ser expansivo, cercano y cariñoso.

Fueron sus “defectos” los que precisamente más le ayudaban a conectar genuinamente con el corazón de la gente y, en particular, con los jóvenes. Así se lo escuchamos a Jordi Gomá a los pocos días de su muerte: “Echamos de menos descolgar el teléfono y oír: “¡Hola cabezón!” o que de golpe en el Casal sueltes: “¡Pero vamos a ver, alma de cántaro!” O incluso que nos digas: “¡Tú, tú eres tonto esférico, porque eres tonto se mire por donde se mire!” Y es que tenías esa capacidad de sorprendernos con tus expresiones y sacarnos una carcajada a todos. Tu humor era reflejo de tu cercanía y cariño. Y en tu humor transparentabas tus ganas de transmitir que Dios nos ama”.

En estas “aristas” y experiencias dolorosas, Antonio vivió la gracia de la reconciliación consigo y con los demás. Fue descubriendo, no sin sufrimiento, que allí donde sabía y otros veían su “debilidad” también había mucho de virtud y de su propia originalidad, había signos del Resucitado. Fue aprendiendo desde la fe a hacer suya la mirada de Dios sobre sus criaturas, convencido de que si Dios no le hubiese querido, no le hubiese creado. Por eso, quizá, transmitía con tanto entusiasmo el Principio y fundamento de los Ejercicios. Es como si el Señor le hubiese concedido lo que le pedía en esta oración suya:

 

Entra, Señor, y derrumba mis murallas,

que en mi ciudadela sitiada

entren mis hermanos, mis amigos, mis enemigos.

Que entren todos, Señor de la vida,

que coman de mis silos, 

que beban de mis aljibes,

que pasten en mis campos.

Que se hagan cargo, mi Dios,

de mi gobierno.

Que pueda darles todo,

que icen tu bandera en mis almenas,

hagan leña mis lanzas

y las conviertan en podaderas.

Que entren, Señor, en mi viña,

que es tu viña. Que corten racimos,

y mojen tu pan en mi aceite.

Y saciados de todo tu amor, por mi amor,

vuelvan a ti para servirte.

Entra, Señor, y rompe mis murallas.

 

HOMBRE DE DISCERNIMIENTO

La espontaneidad impaciente de Antonio se conjugaba de forma original con un talante de discernimiento, capaz de leer con lucidez lo que pasaba en su corazón. Percibía, nombraba y afrontaba con fe su propia “lucha” espiritual. Los que hemos podido acompañarle en estos meses somos testigos: padecía “angustia apostólica”, dolor por cómo dejaría a sus padres y hermanos, inseguridad por no acabar de saber por dónde se desarrollaba el cáncer, insuficiencia respiratoria y la amenaza de la desesperación. Y esto se presentaba en abierta confrontación con el deseo de no encerrarse en sí mismo y vivir desde la gratitud. Con asombrosa claridad lo había percibido ya al poco del primer diagnóstico: sabía que le esperaba una contienda cuerpo a cuerpo entre la desolación siempre posible y la consolación que Dios había puesto en su corazón. Pocos meses antes recogía en uno de sus tuits unas palabras de Madeleine Drelbrêl: "Practica el arte de la guerra contigo; con los otros, el de la paz". Vale la pena releer un escrito suyo en el que pone de manifiesto su lectura de las mociones, consolaciones y desolaciones, con supo reconocer y escuchar. Dicho talante de discernimiento no se improvisa y quizá era fruto de su propia experiencia pascual.

Así narraba lo relativo a la dinámica de la desolación:

“Con el segundo diagnóstico, la cosa también ha evolucionado. Surgen los miedos. Porque si antes te dolía la cabeza, te tomabas una pastilla y ya está. Si antes te cansabas subiendo una montaña, pensabas que era normal por la paliza. Ahora piensas que no está funcionando bien el sistema digestivo o que no te estás alimentando como debieras. O que tal o cual medicamento te va a afectar el hígado. Cualquier cosa que te pase o que hagas, toma un cariz desproporcionado. Y vives con miedo.

También te vuelves egoísta. Te preguntan cómo estás y tienes necesidad de contarlo todo, de ser el centro de atención, de ponerte siempre en medio. Es propio de la enfermedad hacer que la persona se desordene y cambie la perspectiva de su vida. Ahora te pones en el centro de la historia. El problema es que dejan de importarte otras cosas que son buenas, que ayudan a los otros, que te sacan de tu propio criterio. Empiezas a relativizar todo lo que ocurre alrededor y a ver que, si te vas a morir, lo importante es decir al mundo que las cosas que les rodean no son importantes. Y eso no es cierto. Porque de pronto, dejas de discernir qué es lo importante y lo qué no. Dejas de tomar decisiones, dejas de preguntarle a Dios, a los pobres o a las circunstancias de la vida, por donde hay que actuar y optar. Y eso es morir en vida. Si la enfermedad ocupa todo el espacio, las demás cosas no tendrán lugar en tu vida ni en tu corazón”.

Pero él supo también por dónde le consolaba el Señor en medio de sus dolorosas circunstancias:

“Podría decir que todo lo que he vivido con fe, de pronto tomó una dimensión maravillosa y sentí profundamente lo que Ignacio de Loyola llama mociones del buen espíritu. Mayor esperanza, mayor amor hacia los que me rodeaban y hacia la Persona que guía mi vida, mayor fe. Sentía que el “todo va a salir bien” no tiene que ver con cosas de este mundo, sino en algo mucho más profundo, y sentía, como puse en la entrada anterior del blog, que tenía que estar agradecido. Todos estos sentimientos siguen tomando forma y sigo confirmando que están ahí”.

Antonio luchó su parte con la lucidez del discernimiento. Lo aprendió en la Compañía y también lo traía de casa: “Hoy me he dado cuenta de la capacidad de lucha de mi padre y del espíritu de fe de mi madre” (tuit). El Señor le regaló su consolación. Así lo señalaba Enric Puig, otro compañero de comunidad al recordarle: “Cuando hace unos meses supo de la gravedad de su enfermedad irreversible, solamente decía: Yo solo puedo dar gracias a Dios por la vida tan plena que me ha dado. Agradecimiento y confianza plena en Él”. Y para dar sentido a esta actitud de Antonio, añadía Enric estas palabras de la Escritura que tanto nos han acompañado en esos días en torno a su muerte: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo, si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte, somos del Señor” (Rm14,7-8).

 

LA PROFECÍA DE ANTONIO, SU CANTO DEL CISNE

En nuestra última conversación estuvimos hablando de los dos libros que estaba leyendo y que reposaban sobre su mesilla de noche: uno de Víctor Codina, Ignacio ayer y hoy, que le inspiró muchísimo, y el excelente ensayo de D. Bonhoeffer sobre la vida comunitaria que tanto estaba disfrutando. Me pregunto: ¿es este su canto del cisne y su profecía para los jesuitas del siglo XXI? ¿Nos ha enseñado Antonio lo que significa ser “amigos en el Señor”? Los meses de pandemia y confinamiento, en los que nuestra convivencia comunitaria se ha hecho más estrecha e intensa, Antonio nos ha dejado un testimonio de vida fraterna alegre, franca, vulnerable, compasiva y exigente. Hemos reído mucho juntos –hasta de las situaciones ridículas en que le estaba poniendo la enfermedad-; también hemos llorado juntos, hemos orado y celebrado la eucaristía juntos. Antonio ha escuchado y se ha dejado acompañar en su debilidad, como tratando de hacer vida lo que dicen nuestras Constituciones sobre los jesuitas que atraviesan la enfermedad. Sobre dichos párrafos, que había leído animado por el provincial, escribió en grandes letras rojas: “aquí hay mucha caridad”. Y esa es la experiencia que hemos vivido con él como compañeros y amigos en el Señor: la de la caridad. Hemos luchado juntos, y él ha luchado con nosotros porque sabía el dolor que nos causaba verle cada vez más débil y contando con la posibilidad de una pronta despedida: “Se puede donar la vida cuidando a los que te rodean también en estos momentos. Es más, creo sinceramente que en estos momentos es precisamente donde más se puede “ayudar a las ánimas”, que es la expresión que usaba la antigua Compañía”. “Con el primer diagnóstico se movieron muchas cosas en mí. La primera es que tenía que preparar a los demás para una despedida que entiendo difícil. Yo estoy preparado para partir cuando llegue la hora”.

Antonio murió solo en el hospital, con toda la crudeza de las condiciones que nos ha impuesto la pandemia. Pero no quedó sin Compañía. Él había ido tejiendo lazos de comunión que estoy seguro le sostuvieron hasta el final. La cercanía de sus padres, su cruz de votos y un mensaje impreso que Álex Escoda hizo llegar al hospital, le acompañaron en la hora definitiva: “Antonio, todos tus compañeros rezamos mucho por ti, no te sientas solo, estamos contigo. Te queremos mucho. Dios siempre te acompaña”. Ahora aquel vínculo fraterno nos sostiene a nosotros, que le echamos de menos. En un fragmento de la última carta que mandó a los jesuitas decía: “Siento escribiros esto y puede que a alguno le parezca que estoy exponiéndome demasiado o contando algo que no debiera. Pero mi gran consuelo estos casi siete meses habéis sido Jesús y cómo trabaja conmigo, y vosotros. Llamadas, whatsapps, mensajes a través de compañeros… está siendo increíble y me he emocionado por ello muchas veces. […] Lo mejor que me ha pasado en mi vida ha sido la Compañía. Aunque a veces, como todos, me haya enfadado con mis compañeros, o con la misión, o con los superiores… no me voy a cansar de repetirlo: estoy aquí ahora mismo porque el soporte de Jesús y de mis compañeros ha sido lo mejor de mi vida. Seguimos unidos en el Señor: somos compañeros… y llevamos su nombre. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS”.

 

CONCLUSIÓN

Escribir la semblanza de Antonio es lo que ahora puedo ofrecerle por no haber tenido tiempo para pintar el retrato que tantas veces me pidió entre bromas. En los últimos meses era capaz de burlarse hasta de su propio deterioro físico. “Pero, ¿tú ves qué cara se me ha quedado? ¡Pues así me vas a tener que pintar!”. Otras personas podrán añadir rasgos a esta semblanza y, parafraseando a Ignacio Iglesias, podremos ir compartiendo más del “Antonio que vamos conociendo”. Los jóvenes a los que tanta energía y cariño ha dedicado, han hecho un mosaico lleno de rostros en el que se intuye su cara sonriente. Son reflejos, esos rostros, de tanta pasión como Antonio ha irradiado en nosotros; reflejos, no tengo duda, de santidad. Para mí es motivo de inmensa gratitud el regalo que Dios me ha hecho de conocer, ser querido y querer a Antonio.

Seguimos en comunión, hermano, amigo, compañero, maestro. Tú, “que has entrado en nuestras vidas, las has revolucionado y te has marchado”, no dejes de recordarnos que nuestros caminos constituyen una aventura juntos y con 11 Jesús, que merece la pena vivir a tope. Tú has corrido tu carrera intensamente, ayúdanos con la nuestra.

¡Antonio, amigo del Señor, amigo nuestro, ruega por nosotros!

 

Alejandro Labajos sj

7 de marzo de 2021